Cazador de Duendes Staff

Mensajes: 2679 Fecha de inscripción: 10/03/2011 Localización: La verdad es relativa. La neta es absoluta
 | Tema: DIARIO DE UN SICARIO: 12.- Cometido justiciero Sáb Feb 18, 2012 2:52 pm | |
| Viene de aquí: http://www.elnarcoenmexico.com/t3135-diario-de-un-sicario-11-aterrizando-en-un-nuevo-encargo#7447Cometido justiciero Muy pocas víctimas de un asesinato son conscientes del peligro que corrían antes de su muerte. Si hubieran sido plenamente informados de las intenciones homicidas de sus rivales y las hubieran sopesado con detenimiento, seguramente no reposarían sus restos en una sepultura. Poca gente se levanta por la mañana con la certeza de vivir los últimos momentos de su vida: puede que junto con algunos enfermos terminales, éste sea sólo un privilegio de los suicidas y los condenados. Digo bien; “privilegio”, pues considero que todo el mundo debería conocer el momento, las causas y el lugar de su muerte con antelación. Aunque esto seguramente significaría el final de mi oficio (junto con el de las casas aseguradoras), sin duda ayudaría a plantearnos radicalmente la vida que vivimos. Empezaríamos a valorar las cosas realmente importantes, dedicaríamos menos tiempo a trabajar como autómatas para ofrecerlo al cariño y atención de nuestros seres queridos.
Saber el momento de nuestra muerte, sin duda, nos ayudaría a decir aquello que habitualmente nos callamos por timidez, cobardía o pudor. Haríamos cosas que sin duda no nos atreveríamos a llevar a cabo en circunstancias normales, pero que la premura de la cuenta atrás hacia la eternidad nos empujaría a hacer. Aunque solo tuviéramos una semana de anticipo a la hora final, no albergo la menor duda de que durante esos siete días viviríamos con mucha más plenitud que en años o meses de rutinaria monotonía. El privilegio de saber que todo se acaba irremediablemente en un tiempo determinado te permite tener el protagonismo del que carecen las personas que fallecen súbitamente, sin previo aviso.
Por fin podríamos declarar abiertamente nuestro amor a esa persona que tanto nos gusta, pero que a la vez nos intimida: superaríamos el miedo al rechazo y sortearíamos todas esas barreras psicológicas que nos hacen dar vueltas a la cabeza sin parar hasta que se nos pasa la atracción por quien amamos en secreto. A la vez podríamos mandar a hacer puñetas a ese jefecillo que tan importante se cree y tanto nos toca los huevos; o bien hacer las paces con esa persona con la que tuvimos un fuerte desencuentro por una bobada y ya no hemos vuelto a hablar. Tendríamos la oportunidad de decir a quienes nos rodean lo mucho que nos importan; podríamos regalarles flores o bombones para hacerles un cumplido que no les dedicamos normalmente: como si dar una chispa de afecto y felicidad a los que apreciamos debiera reservarse sólo a fechas señaladas. En la mesa, la gente comería lo que le viniera en gana, sin tener que ceñirse a platos saludables pero insípidos: sería el momento de darse un buen homenaje antes de partir al otro barrio. Sabiendo que nos vamos, podríamos despedirnos de nuestro entorno, besar y acariciar mientras consolamos a los que se quedan; dar consejos provechosos y cerrar todas las indicaciones para nuestra ausencia. Nos iríamos con la conciencia tranquila y el amor de los que nos importa palpitando con fuerza en nuestro corazón moribundo.
En definitiva; conocer el momento, la hora y las causas de tu muerte es un auténtico privilegio. Quizás la justicia cree que dibujando un destino de muerte al reo le está condenando con dureza. Personalmente creo que, aunque el castigo es cruel (pues sólo el estado puede poner legalmente a alguien fuera de la circulación sin necesidad de matarlo como hacemos los sicarios), el preso adquiere un privilegio que poca gente disfruta. El mismo juez que lo sentencie al patíbulo puede morir al día siguiente en un accidente de tráfico: su reo vivirá más tiempo que él y encima tendrá ocasión de despedirse de sus allegados sin causarles el trauma del abandono súbito de la vida. Todos los honrados ciudadanos de la ciudad del condenado que mueran accidentalmente en el tiempo que pasa desde que se dicta la orden de ejecución hasta que se hace efectiva, son objeto de un gran agravio respecto al que se cree que está siendo castigado con dureza. El hecho de permanecer en la celda durante años, acumulando polvo y pasando años privado de libertad es un castigo mucho más duro que vivir tres semanas con un suculento banquete final elegido por el inquilino del corredor de la muerte. A fin de cuentas el condenado a la pena capital dejará de existir y de sufrir: no tendrá tiempo para purgar sus culpas y arrepentirse.
En cierta manera, los sicarios nos parecemos mucho a los verdugos de la ley. Realmente estamos haciendo efectiva la sentencia dictada por nuestros clientes sobre la cabeza de las víctimas. Si no entramos a valorar el hecho de que ponemos fin a unas vidas señaladas, en realidad nuestros clientes actúan igual de mal que nuestro amigo el juez. El matiz es que a diferencia de éste, la decisión de nuestros contratantes no es gratuita: deberán pagar una importante suma por la muerte del individuo que ordenan suprimir. Independientemente de si actúan bien o mal, al ordenar éstas ejecuciones, los clientes de un sicario están pagando mucho dinero que les sirve para expiar cualquier terrible error. El juez puede equivocarse y obrar mal condenando a alguien a muerte, pero nunca pagará un céntimo por su error. A lo sumo tendrá algún problema pasajero de conciencia: nada que no se pueda arreglar con un buen par de psicólogos y unas cuantas pastillas para dormir.
Siempre me han causado cierta hilaridad esos servidores de la justicia que se rasgan las vestiduras al sentar a un sicario en el banquillo y relatar sus crímenes a la sala. El tipo que compadece (pongo bien el verbo, si es que esperaban que escribiera "comparece") ante el tribunal era del todo consciente de los riesgos de su trabajo, sabía bien que su tarea no está bien vista por la sociedad, y tiene la absoluta certeza de que el dinero de sus crímenes está pagando a toda una legión de eficientes abogados dispuestos a desvivirse por su inocencia. En esos momentos se está juzgando a un tipo que por su claridad de ideas debería ser enaltecido respecto del mundo hipócrita en el que vive. Por su parte, el asqueado servidor de la ley trabajará meticulosamente por meter en la cárcel a personas que pueden pasar años purgando un delito que no han cometido; y nunca se le caerán los anillos por ello. Es un tipo que no sabe el rumbo que lleva en su trabajo, salvo que su ambición puede hacer ver como evidentes unos hechos condenatorios más que dudosos para meter a alguien tras unos barrotes, sino para presentarlo ante un patíbulo. Con cada caso “ganado” tendrá una medalla en su currículum: poco importa si se ha hecho justicia o no.
Hablo con conocimiento de causa; pues todos mis “pavos” han sido víctimas de tan devotos servidores de la ley. Mientras yo me preparo para un nuevo trabajo que acabará con alguien muerto, decenas de personas perfectamente sospechosas están pagando mis deudas con la ley en prisiones de todo el mundo. Comprendan que no tenga, de éste modo, un buen concepto de la “justicia”.
A mi modo de ver, puede que realmente el trabajo del sicario no se diferencie mucho de la labor del “justiciero”. A fin de cuentas "ajusticiamos" sin contemplaciones a personas que han adquirido una deuda de sangre con nuestros contratantes. Nosotros cobramos esa deuda con su vida. Lo más seguro es que con nuestra acción, las víctimas nunca tengan tiempo de arrepentirse del daño que causaron a nuestros clientes hasta el punto de pagar por su muerte. Morirán ignorantes de sus errores y culpas en una relación tormentosa que no tuvieron voluntad de encauzar. Puede que no le dieran la importancia que realmente tenían sus acciones sobre los que ordenaron matarles, o bien se la concedieron a sabiendas del daño que hacían. Sea como fuere, la sangre llegó al río. Lo que seguro que no calcularon fue que la corriente de ese río arrastraría su cadáver.
Continua aquí: http://www.elnarcoenmexico.com/t3137-diario-de-un-sicario-13-contabilidad-creativa-parte-i-el-precio-de-la-traicion#7449  La vida es como una leyenda: no importa que sea larga, sino que esté bien narrada
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