Cazador de Duendes Staff

Mensajes: 2679 Fecha de inscripción: 10/03/2011 Localización: La verdad es relativa. La neta es absoluta
 | Tema: DIARIO DE UN SICARIO: 14.- Contabilidad creativa (Parte II: Un gris bloque de apartamentos) Lun Feb 20, 2012 9:59 am | |
| Viene de aquí: http://www.elnarcoenmexico.com/t3137-diario-de-un-sicario-13-contabilidad-creativa-parte-i-el-precio-de-la-traicion#7449Contabilidad creativa (Parte II: Un gris bloque de apartamentos) Londres es una urbe gigantesca. Solo hay que asomarse a la ventanilla del avión para darse cuenta de sus proporciones: los edificios y calles se extienden hacia la línea del horizonte sin que se llegue a ver su límite. En ésta lluviosa megalópolis había fijado su nueva residencia mi víctima, lejos de la tierra que le había visto ascender trabajosamente para luego caer en picado. Si en su patria nuestro contable era un afamado empresario envuelto en asuntos turbios, en Gran Bretaña no era nadie. Tan sólo un extranjero más entre la multitud que trata de ganarse la vida en las entrañas de la capital. Poco importaban sus conocimientos de inglés o su experiencia en el mundo de los negocios; allí era sólo un anónimo profesional de oficina con un acento extraño. No hubiera sido difícil que terminara fregando platos en un restaurante de mala muerte o sirviendo té en un hotel. Sin embargo, nuestro hombre contaba con una importante ayuda en su exilio: contactos.
La hermana de Pedro se había casado con un inglés de clase media. Su vida no había estado cubierta de los lujos con que había gozado su hermano, pero siempre había recibido cumplidos y regalos caros por parte de Pedro. Vivía en una casita adosada con su jardincillo, su chimenea, su mascota y sus dos hijos (niño y niña) de mofletes sonrosados y ojos azules. Al principio hizo un hueco a su hermano, y gracias a su esposo pudo conseguirle un mediocre trabajo de chupatintas en una empresa de cerámicas. El sueldo no era una maravilla, pero serviría para que Pedro viviera dignamente. Gracias a la venta de los pocos bienes que la policía y los jueces no habían expropiado al contable, pudo comprarse enseguida un pequeño apartamento en un gigantesco bloque del centro. De ese modo dejaría libre el espacio que ocupaba en la casa de su querida hermana y podría dedicarse con tranquilidad a beber. Su afición al alcohol había preocupado a su familia y enrarecido el ambiente con su cuñado, quien juiciosamente pensaba que Pedro no ofrecía una imagen ejemplar ante sus hijos con su contínua ebriedad.
A pesar de no haber dejado la bebida ni un solo día durante el tiempo que estuvo en prisión, Pedro había aprendido a moderar su alcoholismo. Su instinto de supervivencia le había empujado a modular sus impulsos; y si bien acababa en estado etílico todas las noches, por la mañana acudía puntualmente al trabajo con la resaca. Sus compañeros de la oficina sabían de su adicción a la bebida, pero salvo unas risitas furtivas cuando franqueaba la puerta en dirección a su mesa, nunca le llamaron la atención por la huella del alcohol en su rostro desencajado. Seguía siendo un contable con talento, y su habilidad con las cuentas ayudó a silenciar cualquier posible reproche por su modo de vida. En el fondo inspiraba una profunda piedad a cuantos le rodeaban: veían en él a un hombre consumido por la fatalidad, prisionero de una enfermiza dependencia a las botellas de licor para acallar a los fantasmas que le perseguían.
Al regresar a su apartamento, nunca tardaban demasiado en regresar a sus oídos las risas con que desde ultratumba le saludaba su esposa fallecida. A la cita también acudían la cara sombría de su socio, sentado en el banquillo mientras él lo condenaba con su declaración, y la mirada inyectada de odio con que la mujer de Eduardo le había dedicado cuando salió de la cárcel: clavando en él aquellos ojos que destilaban una ira profunda y terrible. Entonces mi víctima se servía una copa de ginebra londinense de entre las botellas que guardaba en el mueble en que reposaba el televisor de su salón. Bebía tragos largos al principio, buscando con ansiedad el efecto rápido de la euforia sobre sus sentidos. Luego, bajaba a los “pubs” de Londres y empezaba una peregrinación de local en local, de pinta en pinta, de licor en licor, a sorbos pequeños y lentos según se iban apagando las luces de su mente…hasta que sus pasos le devolvían de nuevo al ascensor que le elevara al apartamento 54, en la novena planta del bloque donde vivía. Al entrar en la casa los fantasmas ya no estaban. Su mente estaba tan alejada del mundo que no reparaba en quién se había convertido.
Quien fuera un hombre respetado e imitado era ahora un deshecho que malvivía en un cuchitril sucio y desordenado. La fortuna que un día amasó era sustituida ahora por un sueldo mediano para pagar de manera exacta su autodestrucción. No ahorraba nada, pues no tenía sueños en que depositar su dinero. Vivía sin ilusión, pues todo lo que anhelaba había muerto hacía ya tiempo, y el hombre que un día fue era ahora un mal recuerdo en aquel cuerpo consumido. Si se miraba en el espejo sólo adivinaba un despojo despreciable: carecía de cualquier autoestima. Si aún vivía era por pura inercia, porque su instinto de supervivencia aún le susurraba al oído que debía seguir caminando por el desierto de su vida. Ya le había ayudado antes, al hacerle declarar ante el juez incriminando a su socio y amigo; no perdía nada siguiendo escuchando los consejos de aquel instinto que le empujaba a seguir en éste mundo.
Lo que no sospechaba Pedro es que no muy lejos de él había alguien que observaba todos sus pasos. Un sicario que se había mudado al mismo bloque de apartamentos donde vivía, un asesino a sueldo que le seguía furtivamente al trabajo por las mañanas, comía en la cafetería de enfrente a donde almorzaba y que apenas bebía un par de sorbos mientas lo acechaba oculto entre la multitud del bar donde se hacía servir una pinta tras otra. Sobre Pedro caía una mirada que le examinaba sin pestañear: atravesándolo. Era como una sombra que escudriñaba todos sus movimientos, descifrando sus gestos, estudiando sus conductas, inspeccionando su alma. Yo, Antonio García, tenía el encargo de acabar con aquel miserable que era incapaz de poner fin a los restos naufragados de su vida.
No fue difícil dar con Pedro en Londres. Sabía de la existencia de su hermana y seguí los pasos de mi víctima durante semanas. Cuando se mudó al bloque de apartamentos no tardé en encontrar un hueco unos pisos más arriba que él. Aquel enorme edificio, de sobrio aspecto soviético, desentonaba terriblemente con el estilo de ciudad inglés. Los británicos tienen la curiosa tendencia de no hacer grandes edificios en ciudades pequeñas, y a su vez, hacer grandes ciudades de pequeñas casas. Salvo en algunos lugares donde resaltan las torres de algún banco, por lo general no gustan de edificar de un modo caótico, manteniendo una cierta armonía entre las alturas de sus inmuebles. Sólo en Londres, donde se incumple ésta premisa, podía nuestro contable haber encontrado un cuchitril como aquel para vivir; y eso me daba la ventaja de poder compartir portal con él desde el más absoluto anonimato.
Los vecinos de aquel antro eran gente de todo tipo; había muchos inmigrantes, estudiantes, profesionales y solteros. Por lo general nadie conocía a nadie en aquel sitio; los apartamentos se alquilaban constantemente y no era extraño cruzarse con alguien nuevo cada vez que subías en el ascensor. Tenía más de veinte plantas, por lo que podía permitirse tener un portero mal pagado atendiendo la entrada del portal: eso me restaba capacidad de movimiento, pero me permitió hacerme una copia de la llave de la casa de mi objetivo en un despiste del encargado. Tras duplicarla en un supermercado cercano la devolví a su sitio sin levantar sospechas: gracias a ella pude merodear por la casa del traidor y fraguar un plan para darle muerte.
Pronto aquel alcohólico se reuniría con su mujer y yo podría regresar a mi casa con medio millón de libras esterlinas engrosando mi cuenta bancaria. No me gustan las grandes ciudades como Londres, donde todo es masivo y anónimo; no en vano vivo en una urbanización alejada del ruido de la ciudad. Si a todo ello le sumamos la lluvia, la niebla y las grises costumbres británicas, no resulta difícil comprender mis deseos de terminar cuanto antes con aquel trabajo. Odio el desayuno inglés (huevos fritos con morcilla y tomate), el pastel de riñones, los locales “fish & chips” y el insípido gusto del té. Sin embargo, no tardaría en deshacerme de toda aquella gris ciudad, pues a las pocas semanas de mudarme a aquel bloque ya tenía preparada mi trampa mortal.
Continua aquí: http://www.elnarcoenmexico.com/t3141-diario-de-un-sicario-15-contabilidad-creativa-parte-iii-un-salto-a-la-fama#7454  La vida es como una leyenda: no importa que sea larga, sino que esté bien narrada
|
|