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 DIARIO DE UN SICARIO: 15.- Contabilidad creativa (Parte III: Un salto a la fama)

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AutorMensaje
Cazador de Duendes
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Mensajes: 2679
Fecha de inscripción: 10/03/2011
Localización: La verdad es relativa. La neta es absoluta

MensajeTema: DIARIO DE UN SICARIO: 15.- Contabilidad creativa (Parte III: Un salto a la fama)    Mar Feb 21, 2012 9:50 am

Viene de aquí: http://www.elnarcoenmexico.com/t3138-diario-de-un-sicario-14-contabilidad-creativa-parte-ii-un-gris-bloque-de-apartamentos#7450

Contabilidad creativa (Parte III: Un salto a la fama)

Matar al contable traidor hubiera sido engañosamente fácil. Cada noche, cuando salía tambaleándose del último bar hasta su apartamento era una presa fácil para cualquier hombre armado. No había mucha gente en la calle, y la oscuridad facilitaría la acción de cualquier individuo. Sin embargo aquello era excesivamente peligroso. Una vez muerto de forma violenta; apuñalado, atropellado o cosido a disparos; lo más probable es que la policía investigara a aquel cadáver extranjero y pidiera un historial delictivo en su país de origen. No tardarían mucho en señalar a mi cliente, la mujer de su antiguo socio encarcelado, como la principal sospechosa de haber encargado su muerte. Eso no podía ni debía pasar. Aunque la posibilidad de que encontraran un rastro del desembolso que hizo por mis servicios fuera ínfima, no podía arriesgarme. Finiquitar a aquel despojo requería que su fin pareciera más un accidente o una consecuencia lógica de la existencia miserable que llevaba.

Dado que nuestro contable apenas se relacionaba con nadie en la ciudad, era bastante difícil encontrar a un “pavo” creíble ante los ojos de la policía. Si bien era una alternativa viable, me parecía que con el encarcelamiento de su antiguo socio, Pedro ya había cubierto el cupo de personas entre rejas por su culpa. Su muerte era algo mucho más sencillo de lo que cualquiera pudiera pensar, pero llevarlo a cabo precisaba del talento de un profesional como yo.

Durante semanas le había seguido en su peregrinar nocturno por los locales de la zona: le escudriñé tomando una copa tras otra, sentado con la mirada perdida en la barra del pub. Parecía un pobre hombre desvalido. Sin duda, al compararlo con la fotografía que me facilitó mi cliente, el alcohol había hecho una fuerte mella en él. El individuo del retrato que tenía en mi poder era una persona elegante, vigorosa, de cabellos castaños y algo rolliza. Por el contrario, aquel sujeto que inclinaba la cabeza junto a la barra era un tipo casposo y de cabellos blancos; el rostro chupado y sin carnes, desaliñado y mortecino. Su mirada borrosa y ausente dejaba entrever la oscuridad de su interior. El pecado de la traición no le había afectado tanto como la pérdida de su mujer; eso es algo que tenía que arreglarse. Puede que Eduardo fuera un estafador que defraudara al fisco, y no me cabe duda que para todos los contribuyentes, la traición del contable y su confesión fueron un gran servicio a nuestros bolsillos. Sin embargo todo ello no puede ocultar el crimen; había cometido el mismo delito que Bruto o Judas: era un traidor. Había vendido a su mejor amigo y socio; sometiéndole al escarnio público, haciéndole pagar por su debilidad. Mientras él estaba demasiado ocupado en la autocompasión por su fatídico destino; esa obsesión que lo estaba volviendo loco y alcohólico; la mujer de Eduardo estaba sola en casa. Mi cliente tenía que soportar el desprecio de quienes antes la recibían como una gran dama, la mirada indiferente de los funcionarios de la prisión los días de visita; o el acoso de la prensa sensacionalista que había encontrado un gran filón en su historia.

Aquel bastardo borracho había causado mucho daño a su alrededor como para dejarle con vida. Además no hay que olvidar la importante suma que cobraría por darle el pasaporte. Viéndolo en aquella situación durante días no me costó acabar cogiéndole ojeriza. Siempre ausente, vacío, triste, deshecho y derrotado por el alcohol. Salía del bloque de pisos con la cara convertida en una máscara de ansiedad, buscando un largo trago que le ayudara a escapar del mundo real e imaginario que le intimidaban. Al regresar completamente ebrio, acompañaba sus pasos en zigzag con una expresión de estupidez en su rostro que no casaba con la capacidad intelectual que un día derrochaba, cuando era un hombre de negocios respetable. Matando a ése cabrón iba a hacerle justicia: sería como rematar a un caballo agonizante, a un perro con rabia… una eutanasia compasiva con un enfermo terminal que se retuerce en la inmundicia de su lecho de muerte. El contable iba a ajustar sus cuentas pendientes ante el sicario: el debe y el haber compondrían un balance donde un cadáver sería puesto sobre la mesa. Pura contabilidad creativa: setenta kilos de carne y hueso empapados en alcohol etílico por medio millón de libras esterlinas. Sin duda su muerte sería el fraude más grande de su carrera.

Conociendo sus costumbres y sus vicios sólo necesitaba una botella de ginebra de su armario para conseguir darle muerte. Un frío día de invierno, mientras mi objetivo recorría los pubs de Londres, yo me metí en su casa y aguardé a su regreso. Abrí las ventanas de par en par, dejando entrar un helado aire purificador en el ambiente viciado del apartamento. Aquello era lo más parecido a una pocilga: los vanos intentos de su hermana por ayudar a Pedro con las tareas domésticas en las visitas que le hacía cada dos semanas, no conseguían adecentar aquel habitáculo. Las estancias olían a una mezcla nauseabunda de alcohol y vómito etílico, las sábanas de la cama, sin hacer, estaban sucias y rotas; el suelo plagado de desperdicios. Costaba andar por aquel piso sin pisar nada: algo vital si pretendía no dejar huellas de mi presencia.

Coloqué la botella de ginebra en la repisa de la ventana y aguardé acurrucado tras la puerta del salón a que mi objetivo regresara. El cuarto se iba llenando de un aire gélido que me hizo tiritar mientras esperaba paralizado en mi escondite. Por suerte, Pedro fue puntual en su regreso a casa. La modulación de su vicio para poder acudir al trabajo me había proporcionado una capacidad de manejar patrones horarios de un modo razonable. La puerta de la calle se abrió y unos pasos dieron cuenta de la presencia de mi presa en el apartamento. Sin embargo, mi tarea no iba a ser tan fácil. El ruido de las pisadas se apresuró y una puerta se abrió de golpe al otro lado del pasillo: la arcada resonó por toda la casa antes de dar paso a una asquerosa espera entre sonidos guturales y golpes líquidos retumbando en el aseo: Pedro bostezaba en technicolor, echaba la mierda, conducía el autobús de porcelana… vomitaba.

Tras una incómoda espera, mi víctima parecía no salir nunca el baño. Un leve zumbido me hizo comprender que se había quedado dormido sobre la tapa del retrete. La situación era delicada: si me movía podía causar ruido y despertarle, si le mataba violentamente todo mi trabajo sería una chapuza, y si me quedaba quieto podían pasar horas antes de que Pedro diera señales de movimiento. Temía que el aire que congelaba el ambiente me hiciera estornudar, llamando así la atención de mi víctima y poniéndola en guardia. Los miembros se me empezaban a entumecer tras aquella puerta. Con sorna llegué a imaginarme siendo el hazmerreír de una noticia irónica: la muerte de un sicario congelado mientras acechaba en la casa de su víctima. Aquel hijo de puta parecía estar protegido por el espíritu burlón de su esposa, alargando los minutos infinitamente. Fue una tensa espera de casi media hora.

Por fin, el frío que inundaba la casa pareció hacer efecto sobre el contable. Se despertó temblando sobre el desaguisado del cuarto de baño y no tardó en buscar aquella fuente de aire gélido que no le dejaba dormir en paz. Al otro lado del pasillo se encontraba la respuesta: una ventana abierta de par en par dejaba colarse aquella brisa glacial que tanto lo incomodaba. Tras levantar trabajosamente el trasero del suelo pegajoso del baño, sus pasos lo llevaron al salón. No reparó en mi presencia tras la puerta ni un momento: su atención estaba centrada en otros menesteres. Sobre la repisa de la ventana, al borde del abismo, una de sus botellas de ginebra enfriaba su contenido para él. ¿Qué hacía eso allí?

Pedro no recordaba haber dejado la ventana abierta, ni haber colocado aquella botella en ese sitio. ¿Acaso su hermana había pasado por allí? No era probable, siempre le visitaba en fin de semana y hacía algo de limpieza; la casa parecía estar inmersa en su sordidez habitual. Vacilante, nuestro contable se acercó a la ventana. Aquello era muy extraño. Extendió la mano y recogió la botella. Estaba sin abrir ¿Para qué habría sacado él una botella llena del armario sino era para beberla? ¿Cómo había llegado hasta allí? ¿Qué…?

Súbitamente, Pedro dejó de hacerse preguntas para percibir con sobresalto que una fuerza estraña le sujetaba de las rodillas y los tobillos; acto seguido esa fuerza lo empujó a través del marco abierto de la ventana, precipitándolo al vacío. El viento frío le abofeteó brevemente el rostro en su bajada. En el país de Newton, Pedro encontró una lección magistral sobre la ley de la gravedad. Un golpe seco y un pequeño eco confirmó su dominio de la materia.

Es asombroso el estampido que produce un cuerpo humano al chocar contra el pavimento después de caer varios pisos. El impacto de la masa de una persona contra el asfalto es tan sonoro que pareciera que ha caído un pedazo de la fachada del edificio: cuesta creer que alguien pueda generar semejante sonido con su organismo en colisión contra el suelo. Si usted se encuentra cerca de tal evento notará que el suelo tiembla a sus pies al absorber la fuerza del choque. La explosión de sangre y vísceras también es considerable. ¿Alguna vez, cuando conducen su auto, se ha estampado contra la luna un insecto que volaba ajeno a la muerte que le esperaba? Notarán como si el bicho en cuestión era un mosquito, puede dejar incluso un rastro rojizo de sangre en el cristal. Siempre que se hace un viaje por el campo, especialmente en verano, es posible hacer ésta comprobación. Pues bien, el cuerpo humano sufre un efecto semejante al caer desde una altura considerable contra el firme.

Sin embargo, en aquella ocasión, me ahorré el espectáculo de ver el cadáver de Pedro incrustado en los adoquines de la calle. Cuando todos los vecinos salieron alarmados de sus casas por el ruido de la caída, yo ya me encontraba en mi apartamento. Fuera, el cuerpo inerte de un contable ebrio sostenía en sus manos una botella rota de ginebra. De nuevo, nuestro hombre saltaba, literalmente, a la fama efímera de las páginas de sucesos.

Continua aquí:
http://www.elnarcoenmexico.com/t3146-diario-de-un-sicario-16-contabilidad-creativa-epilogo-simplicidad-bella#7463



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