Cazador de Duendes Staff

Mensajes: 2679 Fecha de inscripción: 10/03/2011 Localización: La verdad es relativa. La neta es absoluta
 | Tema: DIARIO DE UN SICARIO: 16.- Contabilidad creativa (Epílogo: Simplicidad bella) Miér Feb 22, 2012 9:41 am | |
| Viene de aquï: http://www.elnarcoenmexico.com/t3141-diario-de-un-sicario-15-contabilidad-creativa-parte-iii-un-salto-a-la-fama#7454Contabilidad creativa (Epílogo: Simplicidad bella) El problema de ser un despojo es que a nadie le sorprende que acabes tirado en la basura. Eso es exactamente lo que le pasó a Pedro cuando la policía investigó su muerte. Un tipo que había tocado fondo, tanto en su vida como en su final; su cadáver en el asfalto era un resultado lógico de su propia autodestrucción. La botella de ginebra rota que le había acompañado en su último viaje era una confirmación definitiva de que aquel borracho yacía entre un charco de sangre por iniciativa propia. El cuerpo no mostraba indicios de lucha antes de caer, la declaración de cuantos le conocían sólo pudo demostrar que la vida de aquel individuo atravesaba un profundo bache que nunca logró superar. Ni siquiera su propia hermana pudo concebir otra explicación a su caída al vacío que no fuera el alcohol. Mi trabajo de sicario era totalmente satisfactorio.
La muerte del traidor no sacaría a su socio de la cárcel, pero consolaría la amargura de mi cliente. Meses después de mi trabajo la observé desde la lejanía. Aunque volvía a salir de casa a visitar a su marido preso, su aspecto era radiante. Una mujer de armas tomar; fría y decidida. Eduardo era un hombre afortunado. La confirmación de la muerte de mi objetivo había llenado de gozo agridulce su interior: entraría a la sala de visitas con la cabeza bien alta, llena de dignidad, a sabiendas de quien había provocado todo aquel mal reposaba eternamente en el cementerio. Pagar medio millón de libras esterlinas por aquel trabajo se le antojaba como una ganga después de tanta ira contenida y sufrimiento.
Para mí fue mi primer trabajo de elevado caché: abandoné el cielo plomizo de Londres y pasé una temporada de vacaciones en el Mediterráneo. Cambié la ropa de abrigo por las camisas hawaianas, los polos de manga corta, bañadores y chanclas. Merecía un buen descanso bajo el sol. Al arrullo del mar y bajo el suave mecer de las palmeras pude olvidar el rostro consumido del contable: el calor y la brisa marina me compensaron la gélida espera tras la puerta del salón de Pedro. Fuera de la masificación de Londres, del ambiente oscuro de los pubs y el estirado carácter inglés; Antonio García volvía a recuperar un poco de paz. Busqué las calas desiertas de la isla donde me retiré a descansar, me bañé en las aguas azul turquesa y aspiré aquel aire inconfundible de los acantilados. En mis oídos, el rumor de las olas era música celestial.
Hoy no les quiero aburrir con mis reflexiones sobre el valor de mi trabajo. Sólo deseo compartir con ustedes un bello recuerdo; me gustaría poder expresarles el sentimiento de paz que me inundó tras aquel trabajo. Si fuera posible que con mis palabras pudieran, aunque sea por un instante, poder experimentar las sensaciones que yo tuve en aquellos momentos me daría por plenamente satisfecho. Tras un trabajo sórdido en un lugar gris, volverte a encontrar con el sol te produce una cascada de emociones que no tienen un valor económico. Recibir medio millón de libras por el trabajo había sido mi premio; pero hay cosas en la vida que el dinero no puede comprar. Son regalos que la naturaleza nos hace generosamente si nos detenemos a observarlos.
Les hablo de los cabellos dorados de una mujer al ser bañados por el sol en el atardecer; cuando la luz del astro rey perfila las formas multiplicando su belleza. Me refiero a la intensidad del perfume al ser potenciado por el calor: la particular dimensión que adquieren los colores, los olores, los sabores. El viento cálido ondeando una camisa blanca sobre tu pecho al disfrutar de una copa en una terraza junto al mar. Cuando Antonio García se toma unas vacaciones y se aleja del mundo sórdido que suele frecuentar, no encuentra su mayor placer en las cosas que paga su dinero, sino en los momentos fugaces que nos ofrece la vida si sabemos observarlos.
Cuando en éstos momentos, al encontrarme enfrascado en una nueva tarea, consigo durante unos instantes cerrar los ojos y evadirme, mi mente vuela hacia cosas sencillas y hermosas que nada tienen que ver con el dinero. En mi retina se dibujan los contornos delicados de mis rosas, el pelo recogido en una coleta cayendo sobre la espalda desnuda de mi última amante, el dulzor de la brisa marina, el murmullo del río donde me bañaba de niño junto a mis hermanos y hermanas durante las vacaciones de verano, el sol luminoso del mediterráneo dibujando perfiles dorados en el pelo de mis brazos en aquella escapada tras mi trabajo en Londres, un cielo azul decorado de nubes blancas y algodonosas.
Luego abro de nuevo los ojos y vuelvo a la realidad. Tengo que volver a matar, a privar a alguien de todos éstos pequeños goces. Sin embargo lo haré de un modo sencillo. Quiero que comprendan que el trabajo del sicario, a pesar de todo, es mucho más eficaz cuando se basa en la simplicidad: como todos los regalos de la naturaleza. Vale más eliminar a alguien de un pequeño empujón que acribillándolo a balazos. En el fondo, las muertes naturales se producen por mecanismos lógicos que no implican una gran complejidad.
Continua aquí: http://www.elnarcoenmexico.com/t3149-diario-de-un-sicario-17-amor-apasionado#7466  La vida es como una leyenda: no importa que sea larga, sino que esté bien narrada
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