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 José María Jarabo: "El Asesino Seductor" (Segunda Parte y Final)

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Cazador de Duendes
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MensajeTema: José María Jarabo: "El Asesino Seductor" (Segunda Parte y Final)   Miér Feb 22, 2012 10:18 am

Viene de aquí: http://www.elnarcoenmexico.com/t3147-jose-maria-jarabo-el-asesino-seductor-primera-parte#7464



La dueña y los meseros del Bar Azul que atendieron a Jarabo



Mientras, Jarabo, que vestía un traje Príncipe de Gales marrón claro y ocultaba sus ojos con gafas obscuras; que había perdido su sombrero verde en alguno de los locales nocturnos que visitó y que no había logrado encontrar un sitio donde le dejaran dormir con sus dos compañeras, seguía deambulando por las calles de la ciudad. Desde la taberna de la Corredera Baja nº 33, había llamado un coche de alquiler. El taxista Evelio Rodríguez recogió a quien él suponía el doctor Jaime Martín Valmaseda, acompañado de dos mujeres. Jarabo lo hizo transportarles a la calle Núñez de Arce y de allí a otras tres direcciones, donde luego de complicadas gestiones no logró lo que quería, por lo que acabó indicándole que llevara al trío a la calle Orense nº 49.



Jarabo bailando durante su último día en libertad


El coche se detuvo frente a la tintorería “Julcán”. Tras indicarles a Juana y Amparo que lo esperaran en el coche, Jarabo bajó del auto y se dirigió al comercio. Desde el interior de uno de los dos vehículos policiales que estaban discretamente estacionados en los alrededores, Ángeles Mayoral vio al hombre que entraba en la tintorería y dijo: “Sí, ese es Morris. Los agentes se pusieron en movimiento. Uno de ellos, placa en mano y empuñando una pistola, entró en el taxi de Evelio Rodríguez y preguntó: “¿Es Morris ese que se ha bajado?” El conductor dijo que no, que era el doctor Valmaseda. Pero una de las mujeres, desde atrás, confirmó: “Sí, es el señor Morris”. El inspector se guardó la placa y la pistola y fue hacia la tintorería.



Tarjeta con una identidad falsa, utilizada por Jarabo


Ocultos en la parte interior de la tienda, otros dos policías con las pistolas desenfundadas esperaban a Jarabo. Cuando Cándido Aguilera hizo la señal convenida, salieron y apuntaron sus armas contra el recién llegado: “¡Quieto, policía, manos arriba!” Jarabo protestó e intentó resistirse: “¿Qué pasa? ¿Por qué me detienen?” Los policías lo esposaron sin contestarle y le empujaron hacia la furgoneta que esperaba afuera. Jarabo se desplomó, derrumbándose en el suelo, cuando le fueron mostradas en las dependencias policiales las fotografías tomadas a los cadáveres de sus víctimas. Cuando empezó a hablar negó los hechos que se le imputaban, pero hábilmente interrogado, acabó confesando. La pesadilla de un loco asesino suelto en la ciudad había terminado.



Jarabo tras su arresto


El juicio tuvo una duración de catorce sesiones a lo largo de ocho días. La sala estuvo siempre abarrotada de público. Las togas se agotaron en los roperos del Colegio de Abogados y muchos se quedaron sin poder asistir. El tribunal estuvo formado por cinco magistrados: junto a ellos actuaron el fiscal, cuatro acusadores particulares y dos miembros de la defensa. Fiscal y acusadores calificaron los hechos como cuatro delitos de robo con homicidio, dos de tenencia ilícita de armas de fuego, uso de nombre supuesto y falsificación de documento de identidad. En las muertes se apreciaron los agravantes de alevosía, premeditación y nocturnidad en las de Emilio Fernández Díez y las dos mujeres; los de alevosía y premeditación en la de Félix López Robledo; desprecio de sexo en las de las mujeres; y el representante legal de la sirvienta Paulina Ramos estimó también un delito de profanación de cadáveres. Todos coincidieron en solicitar para el acusado cuatro penas de muerte.



El Tribunal


Cuando José María Jarabo fue juzgado ya existía Televisión Española (TVE), pero eran tan pocos los que tenían televisor que cuando se producía una avería o un corte en la emisión, se llamaba por teléfono a los televidentes para rogarles que perdonaran las molestias ocasionadas. El reportero que cubrió el acontecimiento para la naciente TVE fue José Antonio Pérez Torreblanca. Desde muchas horas antes de que empezara el proceso había una larga fila que desde la puerta del Palacio de Justicia bajaba por la escalinata de la calle Marqués de la Ensenada y dada la vuelta al edificio. Entre los que aguardaban había muchos que pasaron allí la noche para vender su puesto al mejor postor a la mañana siguiente. Y muchas mujeres. Las mujeres se sentían especialmente atraídas por la personalidad del procesado. Así lo diría el defensor Ferrer Sama: “En la Sala, durante el juicio, había una cola que yo pasé un día a las dos de la mañana, con mi mujer, había cenado con mi hermano y su mujer y dije, vamos a pasar por el Palacio de Justicia que creo que hay una cola. Había una cola que rodeaba todo el Palacio de Justicia porque vendían los puestos para entrar. El juicio se celebró en lo que ahora es la Sala Tercera. Es una sala grande, pero se llenó sobre todo de señoras. ¡Había una cantidad de señoras! Allí estaba Sara Montiel entre ellas. Se veían sentados en el suelo a magistrados del Supremo y a jueces de Primera Instancia que no tenían sitio”.



Las largas filas para entrar al Tribunal durante el juicio de Jarabo


Uno de los aspectos que más impresionaron de la personalidad de su defendido al catedrático de Derecho, Antonio Ferrer Sama, fue que un hombre en sus circunstancias se presentara ante el tribunal que le juzgó con un traje distinto cada día y una corbata a juego, elegante y acicalado, como si acudiera a un festejo. Cuando Jarabo entró por primera vez en la sala el29 de enero de 1959, traje oscuro, corbata a tono, elegante y atildado, se encontró de frente con los miembros del Tribunal: Antonio Ochoa Olaya (presidente), Luis Ortiz de Rozas Bourgón, José Antonio Cereijo Pérez, Agustín B. Puente Veloso y el magistrado ponente, Gaspar Femández Lomana de Barbáchano. En los estrados de la derecha, el fiscal, Eleuterio González Zapatero, acompañado por los acusadores en representación de las familias de las víctimas: Álvaro Núñez Maturana, Roberto Reyes, Luis Perezagua y Luis Roa. En los estrados de la izquierda, los abogados defensores: Antonio Ferrer Sama y Cesáreo Pérez y Pérez Abascal.



Croquis sobre los crímenes realizado por Jarabo


Durante la vista oral se estableció que el acusado, según propia confesión, había trabajado temporalmente como representante de una compañía de cine cinco años atrás. “Después ya no trabajé. Mi familia me enviaba el dinero que necesitaba”, declaró. Igualmente se estableció que tenía antecedentes policiales por riñas y otros delitos. El acusado, en su declaración, trató de alterar la secuencia de los hechos, así como de confundir las horas en las que sucedieron los crímenes con la intención de restar fuerza en lo posible a las acusaciones de premeditación, alevosía e indefensión de las víctimas. Con el mismo motivo hizo figurar en su relato que los dos hombres asesinados tenían sendas pistolas que exhibieron contra él.



Comunicado de la policía


De la primera jornada de muertes, Jarabo contó que en la casa de Lope de Rueda le abrió la puerta la criada y que dentro estaba Emilio, quien le invitó a una copa de cognac. Afirmó que le pidió que le entregara la carta de Beryl Martin Jones a lo que el otro se negó con sarcasmo, por lo que discutieron y pelearon; según él, “fue una lucha de un cuarto de hora”. Que fueron al cuarto de baño y que allí Emilio, al tratar de coger una pistola que tenía, resbaló, aunque en el suelo, llegó a empuñarla, pero que él se adelantó y disparó. Sobre la muerte de la criada, el acusado afirmó que al oír ruido, Paulina se acercó a ver lo que pasaba (sólo al final, aunque la lucha duró, según él, quince minutos), por lo que le tapó la boca para que no gritara y la privó de sentido con el cañón de la pistola; sin embargo, según la autopsia, su cráneo quedó aplastado; y en un rincón de la cocina había una plancha con restos de sangre. Siguiendo su relato, a continuación tuvo que abandonar a la desfallecida sirvienta porque oyó que alguien hurgaba en la cerradura. Jarabo dijo que habló con Amparo mucho rato y que también le invitó a tomar unas copas. Durante la conversación oyó un ruido y con un pretexto dejó a la señora en el salón y fue a ver a la criada que trataba de salir de su encierro: “Y yo la detuve. Luchamos. Al taparle la boca me mordió. Llevaba el cuchillo de cocina. Como yo era más fuerte, vencí”. Afirmó que su intención no era matarla.



Los titulares sobre el crimen



A todo esto, según el acusado, Amparo no se movió de su sitio, sino que lo esperó tranquilamente sin extrañarse. Cuando volvió al salón continuó la conversación hasta la 01:00. Pero a esa hora, inesperadamente, la mujer se asustó: “No sé qué pasó. Quizás la sangre que tenía en los pantalones”. Ella salió corriendo. Jarabo afirmó ante el Tribunal que entonces él disparó al aire. El fiscal no pudo reprimir su ironía: “Y claro, en el aire la alcanzó la bala”. De la segunda jornada del crimen, lunes, con un domingo de descanso por medio, José María Jarabo declaró que fue muy temprano a entrevistarse con Félix López Robledo a la tienda “Jusfer” de la calle Sáinz de Baranda. Dijo que le abrió Félix y que él sacó la pistola: “Le dije que quería la carta de Beryl, que el anillo podía sustituirse por otro, pero la carta comprometedora, no”. Afirmó que hubo una nueva lucha y que le disparó a la cabeza. Con el cuerpo de Félix yacente, Jarabo se dedicó, según su relato de los hechos, a registrar el local en busca de la tan citada carta, pero que entonces Félix se incorporó de un salto (un hombre con un agujero de bala del 7.65 en el cráneo) y le dijo que no había allí ninguna carta, que se fuera tranquilo porque no pensaba denunciarlo a la policía. También afirmó con aplomo que fue en ese momento cuando le hizo un nuevo disparo.



Existen numerosos testimonios sobre la afición de Jarabo a las armas de fuego. Durante el juicio que se siguió por los crímenes, el acusado hizo una exposición entre la identidad de la munición empleada por las automáticas Colt calibre .32 y las del 7.65, que lo revelaban como un experto. La pistola empleada para los asesinatos fue una semiautomática de modelo clásico, calibre 7.65. Según su testimonio, se la compró a un velador para su defensa. Entre el equipaje que Jarabo había dejado desperdigado por varios puntos de España en su errar constante, dentro de una maleta abandonada en Mallorca, los inspectores encontraron otra pistola, una Walther A.L.P.R., modelo P.P.K. también calibre 7.65 mm. Las dos armas, junto con el cuchillo con el que mató a la sirvienta, se guardan en el Museo del Crimen de la Policía de Madrid.



Las armas de Jarabo


En el transcurso de la vista oral, el defensor Ferrer Sama exhibió un brillante parlamento que duró trece horas y durante el cual quedó afónico, por lo que precisó de cuidados a cargo de un otorrinolaringólogo para recuperar la voz y poder continuar. Su brillante y apasionada exposición trató en todo momento de demostrar que los hechos debían calificarse de no constitutivos de delito por “falta de imputabilidad de su autor, a quien debe aplicarse la eximente primera del artículo octavo del Código Penal” que se refiere al enajenado y al que se encuentra en estado de trastorno mental transitorio. En su opinión, Jarabo debía ser absuelto, aplicándosele las medidas de seguridad y tratamiento adecuado.



Caricatura sobre Jarabo


Como prueba de la confusión existente en los detalles, aunque no en el fondo de la cuestión, está la sentencia, que da una versión recogiendo parte de las afirmaciones de Jarabo. Por ejemplo, establece que Emilio estaba en la casa cuando éste llegó, que tuvo lugar una discusión y que fue el primero en morir. “Sabemos que hubo cuatro muertes, pero no sabemos cómo se produjeron. ¿Qué hechos pueden establecerse como ciertos? Sabemos, por confesión del reo, quién produjo las muertes, pero no sabemos nada más. En los relatos del fiscal y de las acusaciones se produce una discrepancia más o menos absoluta. Cada uno narra los hechos de distinta manera, porque los desconoce. Los suponen, basándose, más que nada, en los extremos que encuentran extraños en la declaración del procesado. Esa presunción es peligrosísima”.



Mapa del crimen


Las últimas palabras del acusado ante el Tribunal fueron: “Aunque no puedo devolver la vida a nadie, quiero decir que he tenido los necesarios contactos para que los familiares de las víctimas sean indemnizados. Lo hago a través de una entidad de fuera de España, donde tengo dinero. Y espero que se haga con la mayor amplitud posible”. El presidente del Tribunal, le preguntó: “¿Tiene algo más que añadir?” Con sorna, el acusado dijo: “No sé si soy un psicópata o no. Ni me importa. Lo único que sé es que soy el autor de cuatro muertes: dos quizás un poco más justificadas, aunque, en realidad, ninguna puede serlo. Y están haciendo todo lo posible para que me maten. Quieren llevarse mi cerebro para analizarlo en el laboratorio de la universidad. Si no se puede ofender a nadie. Me refiero a cierto falso testimonio. Quiero referirme a la señora que dijo que no quería perjudicarme aunque fuera el autor de la muerte de su hija: yo no quise matarla”.



Croquis de las dos escenas del crimen



El presidente interrumpió sus palabras y declaró el juicio visto para sentencia, ordenando despejar la sala. Eran las 13:25 horas del 6 de febrero de 1959. Cuatro días más tarde fue firmada la sentencia: “Debemos condenar y condenamos al procesado como autor responsable de cuatro delitos de robo, de los que en cada uno de ellos resultó homicidio, con la concurrencia de las circunstancias agravantes de alevosía y premeditación en todos, de nocturnidad en tres y de desprecio de sexo en dos, a la pena de muerte por cada uno de ellos”.



De haber sido diagnosticado como enfermo mental, hubiera sido declarado irresponsable. Lo que lo habría librado del cadalso. Además de a la pena de muerte, Jarabo fue condenado por dos delitos de uso de nombre supuesto, dos de tenencia ilícita de armas y uno de falsificación de documentos de identidad. Los abogados de Jarabo recurrieron esta sentencia en casación ante la Sala Segunda del Tribunal Supremo. El recurso, que estaba hábilmente planteado y contaba con excelente factura técnico-jurídica, pretendía que la sentencia fuera revocada por defecto de forma y de fondo. De forma, alegando falta de claridad en los hechos probados, omisión de detalles esenciales en éstos y contradicción esencial entre ellos. También se argumentaba en este terreno denegación indebida de pruebas de la defensa. Todos estos motivos fueron rechazados. Pero, en realidad, la batalla legal se libraba en el Supremo, como en la Audiencia, en torno al fondo del asunto.



Informe sobre Jarabo


La sentencia de casación, de la que fue ponente José María González Díaz, rechazó también todas las alegaciones hechas en este sentido. Ni consideraron un psicópata a Jarabo, despachando el tema con decepcionante simpleza, ni admitieron que su conducta fuera otra que la de los delitos de robo con homicidio. De igual forma entendieron que su acción había sido alevosa y premeditada y que había actuado respecto a sus víctimas femeninas con desprecio de sexo



Las víctimas (click en la imagen para ampliar)


Lo que pocos recuerdan es que el recurso prosperó en dos motivos. El Tribunal Supremo entendió que no concurría la agravante de nocturnidad (hubiera podido matar igual siendo de día) en los hechos del día 19 y que asimismo las muertes de Paulina y María no podían considerarse como delitos de robo con homicidio, sino como delitos de asesinato. La parcial revocación de la sentencia de la Audiencia no privaba a Jarabo de su fatal destino. Los otros dos delitos, sentenciados de robo con homicidio, lo llevaban a la muerte. La última esperanza era el indulto del Consejo de Ministros. Pero no se produjo.



El fiscal Eleuterio González Zapatero


La defensa formada por los letrados Antonio Ferrer Sama y Cesáreo Pérez y Pérez Abascal, preparó el escrito de petición de indulto. Hubo una reunión en casa de los familiares de la madre de José María Jarabo y todos de acuerdo deciden elevar petición de clemencia a la jefatura del Estado previo informe del Consejo de Ministros, que denegó la solicitud y confirmó la sentencia. Al abogado Ferrer Sama sólo le quedaba una cosa por hacer: acompañar hasta el patíbulo a su defendido. “Era mi obligación, porque todo tiene sus cosas desagradables. Yo a las siete de la tarde me voy allí, cuento la cosa exactamente como fue, me arrodillo delante de él y le digo: ‘Bueno, mira, nos hemos llamado de usted hasta ahora, nos hemos peleado varias veces, pero vengo a pedirte que me perdones si crees que ha quedado algo por hacer...’ Jarabo me contesta: ‘¡Cómo dices eso! ¡Por Dios! ¡Haz el favor de levantarte! Tú has hecho todo lo que has podido’”. Después, el defensor ayudó al condenado a pasar la noche.



El defensor Antonio Ferrer Sama


La tensa espera hasta el cumplimiento de la sentencia fue un auténtico suplicio para José María Jarabo. En capilla, en una celda subterránea que sólo disponía de un triste tragaluz, pasó sus últimas horas. La tarde y la noche que desembocarían en su muerte, José María Jarabo estuvo acompañado de dos sacerdotes, el jesuita padre Marañón y el padre Placer, capellán de la cárcel de Carabanchel. Junto a ellos, el defensor Ferrer Sama, que fue quien de forma más constante y hasta el final estuvo con el reo. A media tarde, el abogado quiso tener un detalle con el hombre que iba a morir y se fue a la tienda en la que éste normalmente compraba bebidas para llevarle una botella de whiskey. También le compró seis cigarros “María Guerrero”. Pero los funcionarios apenas permitieron al reo probar el whisky (“’sin que se entere nadie’, dijeron, y le dieron un dedito o dos en un vaso de aluminio”, declararía el abogado), y no le permitieron fumarse los cigarros.



El psicópata desalmado y la psiquiatría forense (click en la imagen para ampliar)


Cuando llegó la hora de cenar, los miembros de la Sala que habían firmado la condena, y que estaban reunidos, como era su deber, en una dependencia de la prisión, invitaron al defensor a cenar con ellos, pero éste se negó. Más tarde le volvieron a llamar porque el magistrado ponente que había redactado la sentencia, Gaspar Fernández Lomana de Barbáchano, había visto entrar el ataúd para Jarabo y andaba paseando por el exterior con el cabello revuelto, lleno de pesadumbre como alma en pena. Ferrer Sama, aunque ya tenía bastante con acompañar al condenado, cedió al requerimiento y alivió en lo que pudo al atribulado ponente.



La personalidad de Jarabo (click en la imagen para ampliar)


En la celda, sentados a una mesa como de cocina, Jarabo, el padre Marañón y el abogado, pasaron las angustiosas horas. Marañón, que había sido compañero del reo en el colegio del Pilar, empezó a hablarle de la Epístola de San Pablo. Ante la irritación creciente del condenado, el padre jesuita acabó por marcharse: “Cualquier cosa que yo le digo, lo irrita”, le dijo al abogado a modo de despedida. Y se quedaron mano a mano, con la terrible noche por delante, defensor y defendido. Se produjo entonces una conversación: “¿Tú crees en Dios o no crees en Dios?” “Hombre, cómo no he de creer”, contestó Jarabo. “Bueno, ¿crees que es eterna, que es infinita la misericordia de Dios?” “Claro que es infinita, por Dios”. “Entonces, vamos a oír misa, te arrepientes, confiesas y haces propósitos de hacer otra vida”. “Claro, si sé que Dios me perdonará, me arrepentiría. Pero es que lo mío ha sido tan grande. Es que yo he matado a cuatro personas”. “Has matado a cuatro. Oye, que San Pablo se cargó a mucha más gente. Cuatro personas para San Pablo no eran nada. Entre la lucha del Sanedrín y los filisteos, ya sabes lo que pasó”. “Pero ya tan a última hora, tan a última hora”. “Mira, lo único que sabemos los que somos profundamente católicos, es que el único santo que sabemos que existe es San Dimas y tenemos prueba de ello porque son palabras de Cristo: ‘En verdad te digo que esta noche estarás conmigo en el Paraíso’. Esto le dijo a San Dimas, el buen ladrón, ¡tan a última hora!”.



El garrote vil


A las 05:00 horas, cerca de la última hora, Jarabo presentó un cuadro diarreico. Después oyó misa de rodillas y aunque el director de la cárcel le llevó un almohadón para que estuviera más cómodo sobre las duras baldosas, él lo rechazó diciendo: “Lo mínimo que puedo hacer es este sacrificio”. Confesó y comulgó. Ya entonces, al finalizar la misa, lo dejaron tomarse un whiskey y encender un puro. Tardaron en ir a buscarlo y Jarabo comentó: “Tan deprisa como ha ido esto y cuánto tarda la muerte. Me hablan dicho que me iban a ejecutar a las seis de la mañana y no entran a por mí”. Más tarde vinieron por él y quisieron ponerle un pañuelo negro que finalmente y con mediación del abogado, se puso: “José María, tú no debes ver lo que hay detrás de esa puerta”. Fue entonces cuando Ferrer Sama afirma que, autosugestionado, le dijo: “Yo me cambiarla por ti, porque yo no sé lo que será de mí. En cambio, si tú mueres, como vas a morir, sé lo que va a ser de ti”. “Antonio, qué consuelo es esto para mí”, respondió Jarabo, Y ya con el pañuelo puesto, exclamó, angustiado: “Antonio, ¿dónde estás?” Le dio un abrazo y se despidió: "Yo no te he podido pagar, pero en tu despacho vas a notar la defensa que me has hecho, cómo has llevado el asunto. Lo vas a notar”.



El garrote vil donde se ejecutó a Jarabo


En el Código de 1848 se adoptó en España el garrote vil como medio de ejecución para las condenas de muerte impuestas por la jurisdicción común hasta el siglo XX, en que pasaron a efectuarse en el interior de las prisiones. El garrote llamado vil es un aparato que tiene una almohadilla que recuerda las que se usan en las barberías para afeitar, con una argolla que se coloca al cuello del reo y que se completa con un tornillo que termina en una manivela. Esta máquina de matar se sujeta a una estaca clavada en el suelo junto a la que se dispone una silla en la que se sienta el condenado. Al accionar la manivela, en la versión catalana de este instrumento, el tornillo descoyunta las vértebras cervicales produciendo la muerte. El garrote vil típicamente español es menos cruel, pues el tornillo no penetra en el cuello del condenado, sino que hace retroceder el collar, acarreándole la muerte por asfixia. En teoría se trata de un método rápido y eficaz, pero en la práctica causa atroces sufrimientos. El garrote quedó sin uso y fue guardado en algún lugar de los sótanos del Palacio de Justicia al ser abolida la pena de muerte por la Constitución de 1978, excepto en lo que puedan disponer las leyes penales militares en tiempo de guerra. José María Jarabo sería el último ejecutado en cumplimiento de sentencia dictada por la jurisdicción ordinaria. El director de la prisión y el abogado defensor, Antonio Ferrer Sama, no entraron a presenciar la ejecución. La pasaron sentados en una banqueta, al lado de la celda en la que había estado el condenado, incapaces de reprimir las lágrimas. Cuando el verdugo llegó a la cárcel lo aislaron en una celda en la que metieron una garrafa de vino. “Lo incomunican con la intención de que no llegue el momento y se haya quitado la vida”, explicaría el abogado Ferrer Sama. Y añade: “Este hombre era un tipejo así, delgadito... e iba borracho. Hasta el punto de que luego hubo un expediente en la prisión”. Al amanecer del 4 de julio de 1959 entró José María Jarabo en la celda de la muerte. Era una habitación pequeña y estrecha con el suelo de cemento, desde el que se alzaba verticalmente una viga de madera. Atada a esta columna, con una simple soga, había una triste silla. El garrote pendía de la viga a la altura del cuello. Jarabo se sentó con los ojos vendados. Empezó a actuar el verdugo, eufemísticamente denominado “Ejecutor de Sentencias”. Desentrenado y tembloroso, tuvo que repetir varias veces su tarea. El reo tardaría en morir más de veinte minutos. Jarabo tenía un cuello muy grueso; el verdugo era un individuo de pequeña estatura que no aparentaba ser muy fuerte. Además llevaba bastante tiempo sin ejercer su oficio. Por todo ello la muerte tardó mucho en llegar.



La ejecución se cumplió con la asistencia, al menos teórica, de varios invitados: Jesús María Marañón Richi, sacerdote y condiscípulo de José María Jarabo en el colegio del Pilar; Antonio Fernández Martínez, delegado de la Alcaldía; Antonio Fernández Fernández, delegado del Gobierno Civil; Fernando Pérez Rodríguez, forense del Juzgado 21; Luis Sánchez Ruiz, médico de la prisión; fray Gumersindo Placer López, capellán; Antonio Fernández Martín, médico forense de la Beneficiencia; Simeón Torres Domínguez, director de la prisión; Enrique Gregorio Álvarez, subdirector; Juan Gómez Borrego y Casimiro Guisasola Domínguez, jefes de servicio; Jesús Hierro de Prado y Gregorio Martínez Campillo, auxiliares; José Martí Sancho, Luis de Castresana Rodríguez y Angel Alcázar de Velasco, como vecinos de Madrid designados por el alcalde. Esa misma mañana, cuando el abogado Ferrer Sama estaba durmiendo en casa de su hermano, Alberto Aguilera, recibió una llamada del poderoso dueño de Galerías Preciados, Pepín Fernández, que le encargó un asunto personal y le dio una increíble provisión de fondos de medio millón de pesetas. Ante tamaña suerte, el letrado recordó entonces, y durante su prolongada vida profesional, las palabras que Jarabo le dijera la noche anterior: “Tú vas a notar en tu despacho y en tus ingresos lo que yo no te he podido pagar”.



La tumba de Jarabo


Los restos de José María Jarabo fueron enterrados en el Cementerio Municipal de Nuestra Señora de la Almudena de Madrid, en sepultura de preferente perpetua, localizados en la meseta segunda, cuartel número dos, manzana, 55, letra A, cuerpo número tres. El pueblo de Madrid dudó hasta el final de que José María Jarabo recibiera el castigo que merecía. Muchos decían que el hecho de tener familiares y amigos entre la clase dirigente haría que su condena no fuera severa o, en último caso, que no se cumpliera. En su época, el “Caso Jarabo” creó una auténtica psicosis entre la población. Era por entonces normal escuchar en una conversación “eres más malo que Jarabo” o incluso que se asustara a los niños con un “estate quieto o llamo a Jarabo”. Dos empleados de la funeraria que transportaron el cadáver tras la ejecución, sostuvieron una discusión sobre si realmente quien iba en el féretro era Jarabo. Llegados a este punto, pararon un momento su tarea y abrieron el ataúd. Los que relataron la escena afirman que aquellos quedaron plenamente convencidos. Pero no así otros muchos. Durante décadas, muchas personas afirmaron haber visto a Jarabo por la calle, o al mando de una empresa, o incluso haber sostenido un romance con él.



Cronología de los acontecimientos (click en la imagen para ampliar)



La vida es como una leyenda: no importa que sea larga, sino que esté bien narrada

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José María Jarabo: "El Asesino Seductor" (Segunda Parte y Final)

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